Si un extraterrestre aterrizara hoy en Zapala o Neuquén, y pidiera una explicación lógica de por qué un insumo básico vale un alto porcentaje del flete que lo transportó, tendríamos que confesarle nuestro mayor secreto de Estado: hace décadas decidimos que la eficiencia era demasiado aburrida, la meritocracia un virus a erradicar, inventar tropiezos al emprendedor un deporte de la política, y que la seguridad jurídica es un ente abstracto que se materializa en los libros de derecho pero no en la realidad. Pero pongamos en ejemplo gráfico, a lo largo del mundo civilizado, el tren es la columna vertebral del desarrollo. Es barato, es eficiente y conecta. En Argentina, en cambio, la brillante dirigencia política decidió que era mejor privatizar, levantar las vías y dejar que los yuyos se comieran el progreso. ¿El resultado? Todo se mueve en camión. La logística se volvió mil veces más cara, ahogando a las economías regionales como la neuquina, mientras convertíamos a un puñado de gremialistas del transporte en multimillonarios con el poder de paralizar el país a voluntad. Una verdadera obra maestra de la miopía estatal. Pero esta decisión que parece aislada, forma parte de un patrón. La política constantemente elige a obsecuentes, por encima de los pensantes o divergentes. Los aborrece, prefiere a los psicofantes, quiere ejecutores, y asi el catalogo de decisiones insólitas se pueden explicar como algo sistemático en Argentina.

*Editorial por Pedemonte Martin para VozDeLibertad, 24 de agosto del 2026.
Pero, ¿cómo llegamos sistemáticamente a tomar decisiones que nos arruinan la vida a todos?
La respuesta es triste pero simple: la política funciona como una centrifugadora de talento. El sistema está diseñado para expulsar a las mentes divergentes, a los capaces, a los que tienen pensamiento crítico. En su lugar, decanta y premia a los obsecuentes, a los débiles de reflexión propia cuyo mayor talento es aplaudir la próxima catástrofe del líder de turno.
El catálogo de las catástrofes autoinfligidas
Para fundamentar que la «política de los pelotudos» no es una sensación sino una política de Estado ininterrumpida, basta con repasar los grandes éxitos macroeconómicos del último medio siglo. Es un desfile de improvisación donde cada gobierno compitió por superar el absurdo del anterior:
- 1975 – El «Rodrigazo»: Un ajuste de shock sin plan. Devaluación del 100%, tarifazos salvajes y salarios pulverizados en horas. El preludio perfecto para el caos social y el golpe del 76.
- 1978/1982 – La «Tablita» y la Deuda: Una bicicleta financiera de apertura irrestricta que terminó destruyendo la industria nacional. Cuando la fiesta de la «plata dulce» colapsó, el Estado amablemente estatizó la deuda de los privados para que la paguemos entre todos.
- 1990 – El Plan Bonex: En plena hiperinflación, el Estado te confiscaba los ahorros a plazo fijo de un plumazo y te daba a cambio un bono a 10 años. La confianza en la moneda nacional murió ese día y nunca resucitó.
- 1998/2001 – La agonía de la Convertibilidad: Mantener el «uno a uno» a cualquier precio cuando el mundo ya había cambiado. Cuatro años de recesión, desempleo histórico, cuasimonedas y un corralito que terminó haciendo volar todo por los aires.
- 2007/2015 – Romper el termómetro (INDEC): La infantil decisión de intervenir el organismo de estadísticas porque «medir la inflación genera inflación». Destruimos nuestra credibilidad internacional y terminamos pagando juicios millonarios en el exterior solo para esconder la pobreza debajo de la alfombra.
- 2011/2015 – El Cepo y el festival de tarifas: Prohibir la compra de dólares para «cuidar las reservas» (que igual se esfumaron), mientras se subsidiaba la luz y el gas a niveles ridículos en zonas ricas de la capital, destruyendo la matriz energética y dejándonos un déficit fiscal colosal.
De la macro-tragedia a la micro-estupidez
Lo fascinante es que este Estado, incapaz de sostener una moneda o una red de trenes, de repente desarrolla una creatividad implacable e hiperactiva cuando se trata de rascar el fondo de la olla de los contribuyentes.
Mientras el país choca la macroeconomía, los municipios se dedican a legislar la pelotudez. Así nacen maravillas como el «impuesto al metegol» en la Costa, la tasa al muñeco inflable en San Martín, o el insólito canon por «desinfección de remises» que nadie desinfecta. Todo sirve para bancar el gasto.
Para ser justos, la estupidez tributaria es un patrimonio de la humanidad. Dinamarca debatió cobrar impuestos por las flatulencias de las vacas, Arkansas te cobra extra si te hacés un piercing, y Rusia supo cobrarle impuestos a la gente por usar barba. Incluso en Japón un economista trasnochado propuso cobrarle más impuestos a los hombres «guapos» para obligarlos a casarse.
La diferencia es que el resto del mundo hace esas excentricidades teniendo trenes que funcionan, inflación de un dígito y una logística que no te funde antes de empezar. Nosotros, en cambio, logramos la tormenta perfecta: la ineficiencia de los grandes temas combinada con la asfixia de los pequeños. Un país diseñado por obsecuentes, pagado por los que todavía intentan pensar. Y mejor ni nos preguntemos en donde esta derramando los millones de dólares que esta recibiendo Neuquén por la extracción de Petróleo, la transparencia de un presupuesto de 5000 paginas, el agujero negro de las DDJJ publicas, la Pauta, porque deberiamos escribir una editorial de 20 paginas mas.
______
También te puede interesar:
Tierra de nadie: cuando el oro negro vale más que la dignidad de habitar.
Rincón de los Milagros: Cuando el Tribunal de Cuentas decide mirar para otro lado.
Neuquen. El espejismo de oro negro: Crónica de una opulencia que nunca llega al barrio
¿Legislatura o Escribanía de Lujo? El arte de no hacer nada, o demasiado muy rapido (con estilo)