¿Monumentos al pasado, centros educativos o guarderias profesionales?

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Hoy vamos a hablar de nuestras escuelas. O, mejor dicho, de esos monumentos al pasado que llamamos «centros educativos». Resulta que vivimos en la era de la inteligencia artificial, donde el conocimiento vuela a la velocidad de un clic, pero nuestras aulas parecen detenidas en un daguerrotipo de 1920. Tenemos un modelo de escuela que insiste en la forma, pero ha olvidado el fondo. Un esquema piramidal, jerárquico, donde al docente le hemos quitado hasta el aliento: sin autoridad, sin herramientas, reducido a un espectador que intenta poner orden en un barco que hace agua. Y, ¿saben qué es lo más poético? Que si una gotera decide visitar el techo en pleno invierno, o si una huelga, una jornada o un capricho del calendario se cruzan en el camino, la solución es magistral: suspendemos todo. Porque claro, si la infraestructura falla, el antídoto es simple: menos clases. Menos educación. Total, ¿quién necesita aprender si podemos quedarnos a mirar el techo que, de todas formas, se está cayendo?

¿Monumentos al pasado, centros educativos o guarderias profesionales?

Editorial de Martin Pedemonte para VozDeLibertad, 11 de Julio del 2026.

Nuestros chicos, mientras tanto, navegan tormentas de atención digital, intentando descifrar las revoluciones del siglo pasado entre paredes descascaradas, mientras afuera el mundo les exige una agilidad que aquí no les enseñamos a cultivar. Estamos formando expertos en el pasado, mientras el futuro nos golpea la puerta pidiendo técnicos, ingenieros, mentes brillantes para el petróleo, el gas, la minería… ¿y qué les damos? Un diploma de asistencia a una guardería disfrazada de institución.

Miremos a otros. Alemania, una nación que renació de sus cenizas no con oro, sino con cerebros. Japón, esa isla de piedra que conquistó el mundo con silicio y disciplina. Singapur, que pasó de la nada a la gloria en un suspiro, guiada por una única brújula: la educación. Ellos entendieron que el futuro no se espera sentado; se construye con una educación que compita, que desafíe, que duela para después sanar.

Aquí, en cambio, la meritocracia es una mala palabra que decidimos esconder bajo la alfombra de una asamblea acotada. Nos da miedo premiar el esfuerzo, nos da miedo la excelencia, y así, con el paso lento de quien no tiene norte, vamos caminando hacia un horizonte que se nos escapa entre los dedos.

La escuela debe dejar de ser el lugar donde «vamos a ver qué pasa» para convertirse en la trinchera donde se planifica la vida. Necesitamos una metamorfosis. Necesitamos una escuela que se mire al espejo y reconozca que, si el aula de hace cien años es idéntica a la de hoy, algo no cuadra en la ecuación del progreso.

Porque, estimados lectores, si seguimos regalando días, si seguimos naturalizando el deterioro y si seguimos educando para un mundo que ya no existe, no nos sorprendamos cuando el futuro nos pregunte, con toda su crudeza, por qué tuvimos todas las herramientas para ser grandes y preferimos, simplemente, cerrar el aula y quedarnos afuera.

Menos clases es menos futuro. Y, a esta altura, el futuro es un lujo que no nos podemos permitir seguir postergando.

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